martes, 7 de abril de 2020

Martes Santo

A última hora de ayer, cuando terminé de escribir la primera entrada, me dieron unas ganas locas de comer chocolate. Supongo que es esa urgencia, tras un par de horas de redacción, de creer que tu esfuezo merece una recompensa. El cholocolate - Lindt con un toque de sal, mi perdición - es la única tentación que sobrevive en las baldas de mi cocina. Conseguí resistirla y me dormí enseguida. Era muy tarde.
Tuve una extraña pesadilla que me despertó en mitad de la noche. Al segundo la había olvidado, aunque era intensa porque me incorporé en la cama: me costó unos segundos reconocer mi habitación, el altillo que hay sobre el pequeño rincón donde están el armario y el espejo galvanizado por la luz roja del piloto del termo...
No le tengo miedo a los fantasmas ni a los ruidos raros, pero el otro día, a la hora de la siesta de uno de esos días grises que se han sucedido en un continuum, volviendo aún más difícil separar un martes de un domingo, oí muy cerca una respiración pesada: era como la que se escucha en la Suspiria de Argento cuando están todas durmiendo en el salón de baile, separadas de las profesoras por una cortina translúcida. Bajé el volumen de la radio y escuché atentamente; era un sonido orgánico y muy perceptible, que incluso logré captar con el micrófono del teléfono. Se lo mandé a Chendo. Al cabo del rato amainó hasta desaparecer y no he vuelto a escucharlo. Igual eran mis vecinos de al lado -  no paran de recibir paquetes - que estaban probando una máscara de snorkel. Qué sé yo...
Me he despertado esta mañana cerca de las once y media. Me he tomado el vaso de zumo de ciruelas pasas, otro vaso de zumo de frutas que se llama Wellness y las dos cucharaditas de semillas de lino. Luego me he preparado una infusión para comenzar a trabajar. Me siento liviano.
En el móvil, que a menudo coloco en modo avión, tenía varios mensajes sobre el último artículo de Pedro Almodóvar y su confinamiento. Pereza. ¿No tiene amigos que le digan que trate de escribir mejor, que no hable tanto de sí mismo (es incapaz de no asociar nada a su obra, a sus cosas)? ¿No podría su hermana Chusa decirle que está más bonito callado, sin repetir una y otra vez las mismas monsergas sobre la solidaridad de las vecinas del pueblo de su madre? Qué triste verte rodeado de una cohorte de aduladores que te hacen la pelota sin pestañear. Vivir como un reyezuelo, confinado en tu propio delirio de grandeza. Es como la abuela demente, a la que todo el mundo le da la razón. Como le decía el padre a la madre de Lucía, hablando de ella en Mujeres al borde de un ataque de nervios: "la mimas demasiado, así nunca se curará". He aquí algunas conversaciones de whataspp con amigos:

1.

- Podría explicar por ejemplo por qué no va a su casa de campo. Que eso sí que me interesa.
- Ya, anda que ya le vale. Le pillaría el confinamiento aquí.
- Está atontá. Le da miedo ir sola. ¿Y el novio? Bien que fue a tirarle la foto dando palmas.
-Y que no sabe conducir... aunque se podría pillar un "tarsi"
- Bueno, que llame a Javi Giner que le haga de chófer

2.
- "Las biuty me recuerda a mi libro..."
- Jelouuuuu
- "Una maravillosa Semana Santa sin procesiones, saetas ni mantillas" dice la Gorda! Cada vez la soporto menos.
- La Gorda escribe cada vez peor.

Ya sabemos que los ídolos, como los trapos, deben usarse para esto. Más en tiempo de prisión domiciliaria.


A estas alturas no me apetece hablar sobre lo que ingiero: es todo zumos y tisanas. Y semillas de lino.
La tarde está gris; las nubes, algunas de un denso gris como columnas de humo, hacen que el cielo parezca que esté pegado a la tierra.

No tengo hambre pero sí que han salido a flote ciertos dolores articulatorios. Me duele también la yema del dedo índice derecho. Es un dedo que utilizo mucho con el teclado; también para golpear el cigarrillo y soltar la ceniza sobre el cenicero. Eso sí, el día se me ha hecho largo. Y mañana temo que va a ser peor. Ahora entiendo el refrán ese de "más largo que un día sin pan".

Creo que me voy a limpiar la cera de los oídos...

Me siento especialmente ausente y alejado del mundo. Me siento bien así. Solo cuando estoy trabajando miro el Facebook o las portadas digitales de los periódicos desde el portátil. Es contraproducente porque solo pruduce impotencia. De vez en cuando desactivo el modo avión - que es como tengo el teléfono normalmente estos días - y veo los mensajes, que contesto sucintamente.

Esta tarde he leído este epigrama de Posidipo de Pella (310-240 a.C.), que nos ha conservado la Antología Palatina:

¿Qué hacer en esta vida? Mil afanes
Te esperan en el foro, en casa penas,
Fatigas en el campo, terror sobre las olas.
Miedo si algo te falta en tierra extraña.
¿No tienes nada? Malo. La vida del casado
Es un sinfín de angustias, la del soltero
Tristeza y soledad. Dolor los hijos
Son, pero sin ellos nada vale.
Necia es la juventud, débil y flaca
Resulta la vejez. Solo dos cosas
Merecen desearse: o no nacer,
O si se nace, morir a los dos días.

El pesimismo griego.

Pasan ahora en La2 un documental sobre bandidos, bandoleros, asaltadores de caminos. José María El Tempranillo, el Bandido Cucaracha... Me echaría al monte en estos momentos.